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Anabel Moreno
Directora
 

La piedra filosofal de la vida

«Es verdad que no se puede encontrar la piedra filosofal, pero está bien que se busque». (Bernard Le Bovier Fontenelle)

Siempre se ha dicho que el dinero da la felicidad. A lo mejor por eso la mayor obsesión de los antiguos alquimistas era conseguir la fórmula de la transmutación de los viles metales en el metal más noble y poderoso: el oro. Y es que lo que en el fondo busca el ser humano desde que tiene conciencia de que es ser y es humano es la clave de la felicidad como piedra filosofal de la vida.
Todos somos alquimistas buscando desesperadamente nuestra propia felicidad: unos creen que está en las cuentas bancarias, otros en los círculos de poder, otros en la acumulación de conocimientos, otros en la defensa de su propia idiosincrasia contra la colectividad, otros en el amor fraternal, filial, sexual, asexuado o egocéntrico. En todos esos sitios, y en otros tantos, hay pistas evidentes que nos acercan a las proximidades de la fórmula magistral. Y aunque no se pueda encontrar la piedra filosofal de la vida está bien que se busque, porque la esperanza es el placebo natural de la felicidad. Por eso, como experimentados alquimistas, nos ponemos manos a la obra, incansables, pertinaces y obsesivos, desde que nacemos hasta que morimos, para encontrar lo que no llega nunca, aunque se presume cerca.
La ciencia moderna, heredera de la vieja alquimia, es la que ha estado más cerca de la posibilidad de convertir los metales en oro y, lo que es más importante, ha aportado la fórmula secreta de la felicidad, aunque no fuera esa su intención. Efectivamente, la transmutación de la materia disfrutó de un momento dulce cuando la Física logró convertir átomos de plomo en átomos de oro mediante reacciones nucleares. Sin embargo, estos nuevos átomos de oro, al ser isótopos inestables, resistían menos de cinco segundos antes de desintegrarse: se esfumaba la posibilidad de conseguir esa piedra filosofal que proclamaban los antiguos alquimistas, pero nos aportaba la esencia de la felicidad, que no es otra cosa que un número indefinido y disperso de momentos de cinco segundos, que no se pueden despreciar. La felicidad lineal no existe, pero todos los días tenemos la posibilidad de transmutar la parte más negativa de la realidad humana en varios ciclos de cinco segundos de felicidad plena e irrepetible. Ahora lo que necesitamos es un crisol resistente capaz de atrapar esos momentos para disfrutarlos como se merecen, porque la piedra filosofal de la vida existe, el problema es que la dejamos escapar buscándola.

 

Y resucitó al tercer día

«¿Por qué buscais entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado». (Lucas 24,5-7)

Claro que resucitó. Lleva 2008 años vivo gracias a la incomprensible fe de millones de hombres y mujeres y al odio de otros tantos millones de ateos que con su activismo negacionista mantienen vivo al dios muerto, resucitándolo en cada negación. Qué otro personaje de la Historia ha tenido la trascendencia del nazareno crucificado, cuya muerte ni siquiera constituye un acto original, ya que simplemente fue uno más de los muchos esclavos, rebeldes y delincuentes que engrosaron la lista de los crucificados por la ley romana. Qué otro hombre, no sólo mantiene, sino que incrementa su influencia en el comportamiento de las generaciones futuras durante 2.000 años. Ni Alejandro Magno, ni Ramsés II, ni Napoleón, ni Hitler han alcanzado, ni alcanzarán, las cotas de popularidad y trascendencia del hijo del carpintero cornudo, para unos, y el hijo de Dios, para otros. Da igual el oficio del progenitor. Ser carpintero o Dios no tuvo nada que ver en su proyección universal. Mi creciente pragmatismo, por no decir agnosticismo, me hace pensar que lo importante de la figura de Jesús (hasta ahora no había mencionado su nombre, pero dudo que alguien se pregunte de quién estoy hablando) no es que resucitara en el sentido más literal, es que fue un revolucionario de la ética, un teórico de la moral como norma de conducta única válida para cualquier pensamiento, un defensor de  los derechos humanos y un antisistema no impositivo.
A mi la Resurrección de Cristo como realidad física no me importa y no me la creo. No le imagino quitándose el sudario y haciendo rodar la piedra de la sepultura para reunirse con su Padre, que además es Él mismo (muy retorcido para mi, e innecesario). No le imagino apareciéndose después de muerto a María Magdalena y a los apóstoles adoptando otra apariencia física en plan Mortadelo, y mucho menos que pidiera un pez para comérselo, por mucha hambre que tuviera después de tres días sin comer en la cueva que le sirvió de panteón hasta la Resurrección. Y todavía le imagino menos ascendiendo a los cielos en Betania diciendo adiós con una mano y bendiciendo con la otra. Pero sí creo que, al igual que nuestros muertos siguen vivos en nuestros pensamientos y resucitan cada vez que nos acordamos de ellos, el nazareno resucitó en los pensamientos de quienes le conocieron. Y fue tal su grandeza, que sus discípulos y seguidores se empeñaron en que no volviera a marcharse, al menos durante los siguientes 2008 años, transmitiendo su filosofia de generación en generación e intentando vivir según sus enseñanzas.
El mundo está lleno de resucitados. Cada uno tenemos al nuestro. Lo excepcional de Jesucristo es que Él mismo garantizó su resurrección siendo fiel a sí mismo y a sus convicciones, y ofreciendo gratis a la humanidad lo único que tenía: su propia vida.

PD. Justo ahora hace un año que la enfermedad se llevó al fundador de esta revista, de otras muchas y, lo que es más importante para mi, al fundador de mi vida. Entonces la tristeza impidió que utilizara esta página para hacerle el homenaje que merecía. Y aunque la tristeza continúa, y creo que será mi más leal compañera lo que me quede de vida, es de justicia alabar su profesionalidad, su servicio al periodismo, su infinita generosidad hacia los demás, su capacidad de amar tan limpiamente, su sentido de la justicia, su habilidad para sacarle partido a la vida y su dignidad ante la muerte, una muerte de sufrimiento extremo que asumió callado y sin la flaqueza de pedirle al Padre, como hizo Jesús en Getsemaní, que apartaran de él ese cáliz.
Murió en mis brazos y en ellos resucitó, porque no hay segundo del día que no forme parte de mis pensamientos. Y me consuela saber que cuando yo no esté, seguirá vivo en los miles de textos que escribió a lo largo de su corta pero fructífera vida profesional.

 
Las «Bolenas» del siglo XXI
«No daré mucho trabajo, tengo el cuello fino». (Ana Bolena)

«No daré mucho trabajo, tengo el cuello fino» dijo Ana Bolena, segunda esposa de Enrique VIII, a su verdugo segundos antes de ser decapitada por orden de su marido, el Rey. ¿El delito? Fundamentalmente no cumplir su labor esencial de expendedora de hijos varones para asegurar la continuidad monárquica de los Tudores, pero sobre todo que Enrique Enrique VIII se estaba tirando –palabra soez donde las haya, pero muy clarificadora– a la dama de compañía de su esposa y necesitaba vía libre para casarse con ella.
Parece un suceso anacrónico, pero nada más cerca de la actualidad que nos ha tocado vivir. La mujer mantiene su condición de vending de Coca Cola en países como Afganistán, donde los progenitores negocian con otras familias el matrimonio de sus hijas, antes de nacer, con hombres maduros que buscan el marchamo de fertilidad y el placer de casarse con una niña virgen, que les faciliten, aún más, su dominio masculino sobre el femenino. Ese es el caso de la joven y prometedora diseñadora de origen afgano y afincada en España, Fátima Khan, que con tan solo diez años su padre la prometió en matrimonio a un hombre de cuarenta. La boda se celebraría a los once años, cuando la niña tuviera su primera menstruación y ya pudiera engendrar pequeños «afganitos» que volverían a hacer lo mismo con sus hijas, y pequeñas «afganitas» que tendría que sufrir la misma humillación de tener menos valor que una cabra en la trasera de la casa; la misma angustia de sentirse expulsada del útero materno que representa el hogar para un menor, mientras sus hermanos varones, por el hecho de serlo, se quedan disfrutando de la compañía de sus padres y hermanos, y la misma angustia de tener que delegar su futuro a un desconocido, que la usará para fabricar niños y satisfacer su voluntad que Fátima, si no se hubiera salvado por la voluntad de su madre y la suerte de emigrar a un país donde la mujer tiene, constitucionalmente, al menos, estatus de igualdad, y los menores la protección del Sistema. Todavía hay muchas niñas en el mundo que les dicen a sus maridos verdugos: «No te daré mucho trabajo, tengo el cuello fino». Nos toca a las que hemos fortalecido el nuestro denunciar y perseguir estos actos que, amparados por la tradición y la religión, hacen de la mujer el ser más miserable de la Tierra.

 
El código secreto de la vida
«Me apoderaré del destino agarrándolo por el cuello.
No me dominará». (Ludwig Van Beethoven)
Me asusta pensar que mi vida depende de un destino cifrado, porque hace que todos y cada uno de mis actos carezcan de sentido, sobre todo si me detengo a pensar en ello. Y lo cierto es que a medida que avanza el conocimiento humano nos acercamos más a la conclusión de que el destino es una realidad. ¿Qué es si no el ADN más que una información codificada de las características esenciales de un ser vivo? ¿Qué es si no la herencia genética más que una información codificada del destino orgánico de un ser vivo? ¿Y el carácter de una persona o su esencia psicológica? ¿No es como un implante embrionario que marcará de por vida las decisiones que tome? Si partimos de que el fin último de la vida es la muerte inexorable, sólo nos queda como aliciente saber cómo y cuándo el destino cumplirá su promesa genética, dexoxirribonucleica o psicoconductivista, y ya de paso saber lo que nos ocurrirá en ese intervalo impreciso de la propia existencia.
No es de extrañar que el hombre, desde que tiene conciencia de sí mismo y de su vulnerabilidad, busque códigos ocultos en los textos sagrados y en manuscritos escondidos que esclarezcan el sentido de su vida o, al menos, le adviertan de los sucesos a los que se tendrá que enfrentar para intentar modificarlos. Lo hemos visto en varios reportajes publicados en Da Vinci y lo veremos en el que aparece en este número sobre la existencia de un código secreto en la Biblia. Y aunque realmente soy incapaz de resistirme a la posibilidad de encontrar respuestas en textos escritos por plumas divinas o mentes privilegiadas, en lo que se refiere al código secreto de mi vida, en lo que se refiere a mi pertinaz destino, prefiero ignorarlo unas veces y otras «agarrarlo por el cuello», como diría Beethoven, para que no me domine. No quiero pensar que llevo un código de barras en mis células, y mucho menos un microchip en el alma. Prefiero creer que existe una predisposición personal e intransferible susceptible por voluntad propia de ser modificada, aunque sea mínimamente, porque de no ser así, mañana o pasado me negaré a levantarme de la cama... aunque pensándolo bien, a lo mejor lo que estaba escrito es que un día no volvería a levantarme de la cama...
En fin, lo mejor será que me vaya a tomar una cerveza con mis amigos. No sé si tal decisión estará oculta en ese código secreto de la vida, pero desde luego es más divertida que mirar al techo esperando a que el destino decida por mi, y encima yo le dé la razón.
 
Religiones patrocinadas
«La religión mal entendida es una fiebre que puede
terminar en delirio». (Voltaire)
No quiero entrar en asuntos de intimidades éticas o de creencias religiosas. La fe, como la paella, es una cuestión de gustos. A unos le gustan la de marisco, a otros la de pollo, otros prefieren el arroz un poco caldoso y a otros sencillamente les estriñe. La supuesta individualidad del hombre hace posible precisamente que no haya dos paellas iguales, pero su egocentrismo hace también que padres, primos y suegros se sientan en posesión de la verdad, crean que la paella auténtica es la que a ellos les gusta y sean capaces de organizar un auténtico cisma familiar en el chiringuito de la playa.
En la Jerusalén del mítico Templo de Salomón –sobre el que encontrarás un reportaje este mes en la revista– y en el mundo hay tres paellas: la judía, la cristiana y la islámica, y para cada uno de sus adeptos la suya es la auténtica. Es lo suficientemente auténtica como para que en su nombre se perpetren los más terroríficos crímenes. No hay nada mejor que poner a Dios de abanderado para justificar en cada época y en cada lugar del mundo las inquisiciones, los expolios, las expulsiones, las represiones, las guerras santas, las intifadas, los atentados terroristas, las inmolaciones...
La religión mal entendida es una fiebre que puede terminar en delirio, dijo Voltaire. Pero yo creo que no hay religiones mal entendidas, hay religiones mal explicadas y sobre todo hay religiones patrocinadas que insisten en mantener el retrógado comportamiento de su profeta fundador o las directrices de sus anacrónicas Escrituras, huérfanas de todo significado actual, porque les reportan un interés claro. Yo creo que existen Estados patrocinadores que fomentan y utilizan el delirio religioso para ocupar territorios o para desocuparlos, para controlar las fuentes energéticas del mundo, para invertir el orden social, para despreciar los Estados de Derecho y los derechos de los Estados, para cohartar libertades y para pisar dignidades.
Dicen que todas las religiones son iguales. No lo sé. Tengo la sensación de que cada vez hay más diferencias entre ellas, y si tengo que elegir entre una religión que prohibe el preservativo, pero no te mata si lo usas, incluso te perdona, y una religión que utiliza a niños con síndrome de Down como cebos-bomba, me quedo con los del preservativo. De lo malo, lo mejor, y a mi me gusta más la paella de marisco, aunque no sea por cuestiones de fe, sino de sentido común.
 
La Historia según se escriba
«La Historia no es mecánica porque los hombres son
libres para transformarla». (Ernesto Sábato)
Ni siquiera las matemáticas son una ciencia exacta. Lo son cuando consiguen demostrar un teorema de forma irrefutable o cuando su formulación puede explicar la esencia numérica de una parte del Universo. Cómo pensar entonces que la Historia es una ciencia exacta. La Historia como objeto de estudio es una aproximación a la realidad, es un análisis subjetivo de los hechos y, sobre todo, es un ejercicio interpretativo cargado de mayor o menor intencionalidad y tendenciosidad por parte de quien la escribe. La Historia no es mecánica porque los hombres son libres para escribirla, transformarla u ocultarla. Por eso, cuando oigo decir a algunos de esos eruditos de bolsillo que asuntos como la extraña desaparición de la flota templaria o como las incógnitas que salpican la biografía de Colón o, como tratamos en este número, la posibilidad de que existiera el rey Arturo más allá de la leyenda no forman parte de la llamada «Historia seria» me quedo un poco perpleja.
Después de ver cómo en cada Comunidad Autónoma de nuestro país los libros de texto oficiales cuentan la Historia de España de forma diferente; después de leer versiones radicalmente opuestas de hechos históricos que supuestamente no tienen ninguna duda, como los motivos que llevaron a la humanidad a las dos guerras mundiales, otorgo la misma confianza a los estudiosos que afirman la realidad histórica del rey Arturo como a los que han convertido al Che Guevara, por ejemplo, en un personaje de culto, emblema de la justicia y la rebelión contra el abuso del poder, y viceversa.
Vivimos en un permanente auto de fe. Creemos lo que nos dicen, lo que leemos en los libros, lo que cuentan los sistemas educativos, y casi nunca caemos en la cuenta de que la Historia es según se escribe, según quien la escriba y, en más casos de los que creemos, se convierte en un instrumento de manipulación de la realidad. Por eso hemos iniciado este mes en Da Vinci una nueva sección en la que se aportará el reverso de la historia oficial, sin dar más crédito a una versión que a otra. Esta sección demostrará que no hay una Historia enigmática y una Historia seria, sino que la Historia es en si mísma un verdadero enigma.
 
La Gioconda es fea
«No hay mujer fea que no encuentre algún adorador,
a menos que sea monstruosa». Leonardo Da Vinci
llego a entender si el maestro está halagando al género femenino en general o subyace en este pensamiento la idea de que cuando el hombre «busca hembra» le vale cualquier cosa o simplemente se conforma con la fea, sabedor de que no puede alcanzar a la bella. No sé si el señor Giocondo consideró a Lisa una mujer bella. Mi pragmatismo me lleva a pensar que a un hombre de 35 años, viudo por dos veces y con un hijo le interesaba más la juventud de su tercera esposa que su belleza o simplemente encontrar a alguien que no pensara de que era un gafe rematado. Pero aunque considerara que su nueva mujer era, además de joven, guapa, no creo que creyera que estaba compartiendo lecho con un icono estético que perduraría en los siglos venideros.
Pido perdón a los estetas, a los intelectuales y artistas que desde el siglo XIX sienten adoración por la mujer del retrato más famoso del mundo, y la adornaron con misterios sobre la realidad de su identidad, sobre la intención de su autor o sobre el motivo de una extraña sonrisa, pero tengo que decir que a mi La Gioconda no me parece guapa, y aquí es donde creo que radica el verdadero enigma de Mona Lisa. Ya sé que los cánones de belleza cambian con las épocas y que los chicos del XIX podían tener otros conceptos sobre el ideal femenino, pero es que Leonardo pintó rostros de mujer mucho más bellos, o por lo menos con una belleza más atemporal, como La Dama del Armiño, o Ginevra Benci, o Leda y el Cisne o La Virgen del Huso..., y sin embargo es La Gioconda quien se lleva todos los honores. Que «la suerte de la fea la guapa la desea», como dice el sabio refranero, puede tener su sentido en este caso, como en tantos otros. Pero hay algo más que suerte. En mi opinión fue decisorio que un grupo de influyentes intelectuales pro-renacentistas del siglo XIX, que necesitaban una expresión artística a la que venerar, decidieran que La Gioconda era la representación de la máxima belleza para que el mundo lo aceptara como tal. El secreto del éxito de La Mona Lisa estriba en un incipiente pero magnífico marketing, como el que hizo Pedro Almodóvar con Rosi de Palma cuando convenció a todo el mundo, incluídos los grandes diseñadores de moda, de que era una belleza cúbica.
El cuadro es hermoso, como todo lo que salió de la mano de DaVinci, pero como dice Oscar Wilde, «se vuelve mucho más maravilloso de lo que en realidad es, y nos revela un secreto del que, en realidad, no sabe nada». Yo creo que La Gioconda era fea y que la genial personalidad de Leonardo la hizo bella.
 
He visto un OVNI
«¿Es que no vas a venir a cenar nunca? Deja de mirar al cielo como una boba y date prisa, que ya estamos todos sentados a la mesa» (Mi madre)
Era una de esas típicas cenas de sábado en la que se reúnen padres y hermanos emancipados, para que la vida no engulla el espíritu familiar. Yo salí un rato a la terraza –como hago todas las noches– y al subir mi mirada al cielo vi cinco luces elípticas en movimiento, que me dejaron paralizada. Durante media hora estuve intentando comprender lo que veía. Las cinco luces parecían seguir un código fijo a modo de llamada o ¿de saludo? Nadie más estaba asomado a las ventanas, sólo yo era la protagonista de un avistamiento ovni, sólo yo sabía de la presencia de una inteligencia extraterrestre que estaba intentando decirme algo. De pronto desaparecieron y yo acudí a la mesa, pero no pude cenar y tampoco dije nada. Después salimos a tomar una copa por la zona de Atocha de Madrid y vi a un montón de gente mirando hacia el cielo. Ahí estaban de nuevo. Me acerco a la multitud y pregunto qué es lo que pasa. Un chico con atuendo de alguna tribu urbana me dice: – «¿a que mola el láser?» – «¿El láser?» – «Sí, el láser de la discoteca. Hoy es la fiesta de inauguración del garito».
Mi avistamiento frustrado fue el verano de 1995, cuando se difundió en los medios de comunicación de todo el mundo la filmación en la que se podía observar la autopsia a un ser extraterrestre, presuntamente accidentado en el aterrizaje de una nave espacial, en la localidad estadounidense de Roswell, en 1947. Después resultó que todo fue un montaje de los servicios secretos estadounidenses, para tapar una operación militar en plena guerra fría. Pero durante un tiempo el mundo lo creyó... y lo creyó porque salió en la televisión.
Durante media hora yo vi un ovni, porque así lo creí y porque, posiblemente, estaba mediatizada por las últimas noticias sobre presencia extraterrestre en la Tierra. No me di cuenta en ese momento de que estamos teledirigidos, de que los poderes fácticos son los que deciden lo que tenemos que pensar o lo que tenemos que creer, y no me di cuenta de que para ello utilizan el arma de conductismo masivo más sofisticado de la historia: los medios de comunicación en todas sus vertientes, prensa, radio, televisión y ahora internet. Que llegan los extraterrestres, que hay armas de destrucción masiva en Iraq, que el hombre llegó a la luna, que Al Qaeda está detrás del 11-M, que Elvis sigue vivo... Pues será verdad si lo dice Matías Prats o Lorenzo Milá o Iñaki Gabilondo. No analizamos, no cuestionamos, no contrastamos, simplemente creemos lo que queremos creer, lo que nos produce menos daño, lo que nos hace soñar o lo que nos puede favorecer. Algún día nos cruzaremos con algún extraterrestre de verdad –porque sinceramente mi humildad me lleva a pensar que no estamos solos en el universo–, pero esperaremos al telediario de las tres para que nos digan lo que hemos visto, porque hasta que no lo diga la televisión, nada es realidad.
 
Nunca le cobró la Magdalena
«Dueña de un corazón tan cinco estrellas que hasta el hijo de un dios, una vez que la vio, se fue con ella. Y nunca le cobró la Magdalena» (Joaquín Sabina)
Qué fácil es descalificar a una mujer. Basta decir que es puta para que quede condenada al ostracismo durante dos mil años. Da igual que la Magdalena fuera la «discípula» más aventajada de Jesús, la que siempre le escuchó sin reproches, sin traicionarle, sin negarle tres veces para salvar su santo pellejo. Da igual que fuera la que estuvo a pie de cruz sufriendo la agonía del dios hombre –más hombre que dios para el dolor–; da igual que fuera la primera en ver al Cristo resucitado, porque era la única «discípula» que le lloraba en su tumba, y da igual que fuera la elegida para dar a conocer a doce discípulos muertos de miedo la Buena Nueva de la Resurrección. Da igual que fuera la que nunca perdió la esperanza, ni la que no necesitó meter la mano en el costado del resucitado para reconocerle. Aquí lo que verdaderamente importa es que la Magdalena era puta, o al menos lo fue hasta la rectificación de la Iglesia en el Concilio Vaticano II.
¿Es que merecen menos respeto como ser humano las que trabajan con su vagina, que los que lo hacen con sus manos? ¿Es que tienen más credibilidad los clientes de las «magdalenas», que las que les proporcionan placer a cambio del sustento? ¿Es que no todos nos prostituimos alguna vez en nuestros trabajos, en nuestra vida familiar o en nuestro entorno de amigos para poder sobrevivir?
A mi me da igual que María Magdalena fuera puta, lo que me importa es que fuera «dueña de un corazón tan cinco estrellas que hasta el hijo de un dios, una vez que la vio, se fue con ella. Y que nunca le cobró la Magdalena».
 
La caza de brujas continúa
«A la mujer le dijo: Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Con dolor parirás a tus hijos; tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará» (Génesis 3-16)
Cerca de 50.000 mujeres fueron perseguidas y ajusticiadas durante los siglos XIII y XVIII acusadas de brujería. Y aunque ésta es una de las más terribles formas de dominar a un colectivo, lo cierto es que la mujer padece, desde que fuera condenada por el mismo Dios a «parir con dolor», otras formas de anulación no menos dolorosas desde un punto de vista físico, moral y existencial. La persecución y el ajusticiamiento de la mujer continúa en países donde se permite y fomenta la ablación del clítoris; donde la jurisprudencia incluye la lapidación por adulterio, aunque el adulterio haya sido producto de una violación; donde la religión obliga a la mujer a cubrir su rostro, o ser tratada como ser impuro los días de su menstruación, o a ser utilizada como mera máquina reproductora. La persecución y ajusticiamiento continúa en la violencia doméstica, en la discriminación laboral, en la comercialización de su sexualidad, en la sobrecarga de responsabilidades. La persecución y ajusticiamiento continúa, incluso, en la discriminación positiva que algunos gobiernos utilizan en beneficio propio, inventándose cuotas de género que lo único que consiguen es que la mujer siga siendo un ser dependiente y no una inteligencia autónoma. Me temo que la caza de brujas no ha terminado, y si no entiendo por qué empezó, aún comprendo menos por qué continúa.
 
El primer vuelo
«Tomará el gran pájaro el primer vuelo sobre el flanco de su magno Céfero, llenando de asombro el universo, llenando con su fama todas las escrituras y dando gloria eterna al nido en que nació».
Leonardo Da Vinci
En la parte interior de la cubierta del Códice sobre el Vuelo de las Aves aparece este texto de Leonardo, en el que se deja llevar por la fantasía de ver su maravillosa máquina alejarse sobrevolando el monte Ceceri, cerca de Florencia. Debió imaginar el asombro de la gente cuando viesen que se había realizado uno de los más antiguos deseos del hombre: volar como un pájaro.
Con esta misma ilusión hemos hecho este primer número de la revista , nuestro «primer vuelo» hacia el mundo de lo desconocido, de los enigmas de la historia, de las antiguas leyendas, de la magia de las civilizaciones desaparecidas, de los secretos que esconden las religiones, de las conspiraciones que han cambiado el curso de la vida, de lo que ocultan los manuscritos olvidados, de las verdades y mentiras sobre los grandes descubrimientos de la humanidad y de todo aquello que tenga que ver con el misterio desde un punto de vista histórico, místico, esotérico y mágico.
No buscamos «llenar con su fama todas las escrituras» ni «gloria eterna al nido en que nació». Sólo pretendemos que la revista Da Vinci sea para nuestros lectores la «máquina voladora» que les lleve al apasionante mundo de los enigmas de la historia.