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La verdad de la Inquisición
Su origen se hunde en lo más profundo de la Edad Media, cuando el control de los movimientos heréticos empieza a desbordar la labor de los obispos. Desde entonces, ha sido un poderoso instrumento al servicio de la Iglesia y, en casos como el español, también de control político para luchar contra los judíos, los conversos, el protestantismo o cualquier otro movimiento que se saliera de la norma y de la moral establecida, y pudiera poner en peligro el status quo de los más poderosos.

El 30 de junio de 1680, a las siete de la mañana, una larga hilera de hombres recorre ceremoniosamente las calles del centro de Madrid. Iban en ella los Soldados de la Fe, la Cruz Verde –símbolo de la Inquisición– de la parroquia de San Martín vestida con velo negro, doce sacerdotes con sobrepellices y 120 reos acompañados cada uno por dos ministros, uno a cada lado. El orden que cada uno de estos personajes ocupaba en la procesión estaba protocolariamente establecido en función de sus pecados y, sobre todo, de sus penas. Los 34 primeros eran condenados a ser relajados (pena de muerte) en estatua (ya que los reos o estaban muertos o huidos de la justicia). Por eso llevaban corozas pintadas con llamas y sambenitos, con sus nombres escritos en rótulos de papel en el pecho. En algunos casos incluso se portaba unas arquillas con sus huesos. Los reos apresados por los oficiales de la Inquisición que iban a ser penitenciados en persona desfilaban portando velas amarillas apagadas en las manos. Había 11 con abjuración de levi (bígamos y embusteros que llevaban corozas y algunos sogas a la garganta, con tantos nudos como centenares de azotes debían recibir); 54 eran reos judaizantes reconciliados (vestidos con sambenitos de media aspa o aspa entera); 21 condenados a relajar (equipados con coroza y capotillos de llamas y, los más pertinaces, con dragones entre las llamas, 12 de los cuales aparecían atados de manos y amordazados para que no profiriesen blasfemias o respondiesen a los insultos del gentío que les hostigaba).

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Tras la pista del Templo del Rey Salomón
Diseñado por el mismo Dios, se construyó sobre un monte considerado por judíos, cristianos y musulmanes como el centro de la Tierra. Custodiaba el Arca de la Alianza y a su estancia más sagrada sólo tenían acceso el sumo sacerdote y el rey Salomón. Cuna de la Orden del Temple, sus medidas y dimensiones hacen referencia a una geometría esotérica divina que influyó durante siglos en la construcción de edificios religiosos. Sin embargo, todavía no se ha encontrado ni una sola piedra que dé certeza, más allá de la fe, de la existencia de uno de los más famosos edificios sagrados de la historia: el Templo de Jerusalén.
Entre las apretadas callejuelas del Old City, el barrio que rodea Haram Al-Sharif –la Explanada de las Mezquitas– en Jerusalén, se divisa de cuando en cuando una dorada y pulida cúpula. Se trata de la mezquita de La Roca junto a la cual se erige imponente la de Al-Aqsa. Consideradas tercer lugar santo del islam, sus cimientos cubren el monte Moria, una colina sagrada desde la que Mahoma subió al paraíso, en la que Abraham preparó el sacrificio de su hijo Isaac, y donde una vez estuvo ubicado el Templo de Jerusalén, más conocido como el de Salomón. El pueblo de Israel estaba convencido de que este monte se situaba en el centro de la Tierra, de manera que el que orase en él estaría en contacto directo con Dios. Hoy realizan sus plegarias en el Muro de las Lamentaciones. Para los cristianos, este complejo sagrado también tiene un importante significado porque allí se creó la Orden del Templo, que constituyó la punta de lanza de la Iglesia durante las Cruzadas. Pocos lugares en el mundo concentran tanta historia, misterios y pasiones que suponen un suculento manjar para los historiadores. Sin embargo, la presencia de estas mezquitas hace imposible cualquier investigación arqueológica que despeje los interrogantes en torno al famoso templo. ¿Se trata de una invención bíblica? ¿Fue tal su esplendor? ¿Salomón fue realmente el artífice de su construcción?
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La vida privada de los Egipcios
Un pueblo sensual y feminista
Pueblo agrícola volcado en el Nilo, es mucho lo que aún se desconoce de sus costumbres y forma de vida, pero lo que ha llegado hasta nosotros habla de una cultura sensual y permisiva en la que la mujer ostentaba un lugar que hoy es difícil encontrar incluso en Occidente. Aunque el fin último de la sexualidad era la reproducción, ejercitaban sus fantasías sin cortapisas con una serenidad que les faltó luego a griegos y romanos. Un dato curioso: no sería hasta la llegada de las tropas de Alejandro Magno cuando aprendieron a besarse. Muy preocupados por la belleza y el equilibrio, moldeaban sus cuerpos mediante el ejercicio y maquillaban sus rostros con aceites procedentes de minerales y vegetales.
La esperanza de vida en el antiguo Egipto no superaba, para el pueblo llano, los 35 años. Por eso los matrimonios debían celebrarse pronto: fundar una familia, como en todas las sociedades agrícolas primitivas, era de gran importancia ya que el tamaño de la familia marcaba el rango dentro del clan, además de proveer de brazos a la economía parental. La edad adecuada para el matrimonio oscilaba entre los 15 y 18 años para el hombre, y entre 12 y 14 para la mujer. Podía acordarse por los progenitores o bien realizarse por deseo de los propios contrayentes, pero siempre dentro de la misma clase social y contando con el permiso del padre, requisito imprescindible. Acordado el matrimonio, se redactaba un contrato en el que se incluían las aportaciones y los derechos de ambos cónyuges, en términos de igualdad y sin ningún tipo de ceremonia en la que interviniera la religión, lo que llama especialmente la atención teniendo en cuenta la extrema religiosidad de este pueblo. Ni siquiera se creía necesaria la asistencia de un funcionario que convirtiera el enlace en un acto formal. La boda se festejaba, pero no se sellaba. Las pareja solían tener una media de entre cinco y siete hijos, aunque sólo la tercera parte de ellos superaba los dos años de vida dada la gran mortalidad infantil de la época. Amamantados por la madre en los tres primeros años, al poco tiempo del destete comenzaba su educación. El padre, artesano o agricultor, enseñaba al hijo el oficio familiar iniciándolo así como aprendiz, en un sistema en el que el progenitor era el maestro y el tío o hermano mayor, el oficial.
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El código Velazquez
Los mensajes ocultos de «Las Meninas»
¿Quiso Velázquez reflejar los problemas dinásticos en «Las Meninas»? ¿Se trata de una pintura, de una fotografía o es la imagen devuelta por un proyector rudimentario? ¿Esconde el cuadro mensajes cifrados relativos a la astrología o a la cábala? El misterio envuelve una de las obras más geniales de la pintura universal. Las claves para revelar estos secretos son tan variadas como sorprendentes.
El cuadro de «Las Meninas», también conocido como «La familia de Felipe IV», lleva asombrando desde su creación. Su compleja estructura pictórica y sus múltiples interpretaciones han llamado la atención de expertos y profanos, en algún caso hasta límites insospechados. Picasso, por ejemplo, se encerró en su estudio de Cannes en 1957 y no salió de él hasta conseguir descifrar dónde se encontraba colocada cada una de las figuras. Nunca estuvo muy convencido de haberlo conseguido. El ingeniero Ángel del Campo publicó en 1978 un libro que desvela muchas de las claves ocultas en «Las Meninas» y en la obra de Velázquez. En «La magia de las Meninas» se aplican los conocimientos de óptica y geometría para desentrañar los misterios del cuadro. Velázquez usó seis espejos, técnica que puede explicar la posición en el lienzo del propio autor, de la Infanta, las meninas y los Reyes. Porque hay que decir que el espejo es un elemento recurrente en lo que se refiere al genial pintor y a las interpretaciones de su obra. De hecho, «Las Meninas» se exhibieron durante mucho tiempo en el Museo del Prado con un espejo delante. El espectador tenía que colocarse de espaldas al cuadro para contemplarlo a través del espejo.
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La iglesia de las 40.000 calaveras
Con dos huesos y una calavera se diseñó la bandera pirata más famosa de la historia. Su sola presencia presagiaba terror y muerte. Pero este símbolo resulta un juego de niños en comparación con el osario de Kostnice, una capilla cerca de Praga. Aquí los huesos se ponen al servivio del arte, entre macabro y decorativo. Cálices, candelabros, relojes, crucifijos, lámparas... todo está realizado con restos de esqueletos de más de cuarenta mil personas.
Aunos noventa kilómetros al este de la capital de la República Checa se encuentra Kutná Hora, donde el visitante avisado puede llegar hasta Kostnice, uno de los osarios más importantes y sobrecogedores del mundo. Esta capilla, certero monumento a la fugacidad de la vida y a la perseverancia de la muerte, está decorada con los restos mortales de unas cuarenta mil personas. Situada bajo la iglesia del cementerio de Todos los Santos (Hrbitovni kostel Vsech Svatych, en checo), Kostnice se halla en el barrio de Sedlec. En la Edad Media, Kutná Hora se convirtió en la segunda ciudad más importante del Reino de Bohemia, tras Praga, gracias, sobre todo, a sus ricas minas de plata. La historia de la localidad está íntimamente ligada a la fundación del monasterio cisterciense de Sedlec, allá por el 1142. Cuenta la leyenda que un noble que viajaba de Praga a Moravia decidió descansar entre los bosques de Kutná Hora, y que tuvo un sueño en el que un pájaro le entraba en la boca y le sugería que levantara un monasterio en esos lugares. Así explica la tradición que se construyera el primer monasterio cisterciense en tierras checas. Leyenda o realidad, lo cierto es que Miloslav, señor feudal de la zona, invitó en 1142 a los monjes cistercienses de la ciudad bávara de Waldsassen a establecerse en Kutná Hora.
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Lovecraft, el gran maestro del horror sobrenatural
La historia de los grandes escritores siempre está envuelta en halos de misterio, pero Howard Phillips Lovecraft es algo más que un escritor convencional y una personalidad tormentosa que le llevó casi a
la locura, es el creador de un género literario como la narrativa fantástica o de terror, que ha influido
de manera directa en autores tan actuales y conocidos como Stephen King.
De Lovecraft se puede decir que fue un hombre de extremada curiosidad. Pesimista y entusiasta a la vez; amargado, pero amable y bondadoso; utópico y soñador; vulgar, gris, avaro a la par que generoso; amigo fiel y comprensivo; racista aunque humanitario; realista pero fantasioso; racional, ateo, afeminado; simpático, sociable y extrovertido al tiempo que misántropo reconocido; degenerado y loco; fue un prodigio de inteligencia y un gran creador de mundos; fracasado y triunfador; apasionado de los helados como un niño y de los gatos como una vieja solterona; merodeador de cementerios… y gran aficionado al ocultismo y el misterio por excelencia. Pero ¿cómo era en realidad este personaje, alto y desgarbado, bastante poco agraciado, de enorme mandíbula, ojos de pez y voz chillona? Entre sus amigos y familiares se sabía admirado y querido, se sentía seguro y volcaba en ellos todo su amor reprimido. Ante la sociedad pragmática y violenta de los Estados Unidos era un hombre aterrado y retraído que soñaba con vagas utopías relacionadas con la paz. Mientras que en contacto con los inmigrantes y pobres, brotaba su orgullo de aristócrata británico y racista llegando a manifestar un odio extremo por ellos.
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Landrú, el asesino de viudas
Llamado «El Moderno Barba-azul», Henry Désiré, alias Landrú, vertió ríos de tinta durante los cuatro años que duraron sus macabras andanzas. Producto de una Francia convulsionada por la Primera Guerra Mundial, utilizaba su encanto para ganarse el corazón y los ahorros de varios centenares de viudas y mujeres solitarias a las que previamente había conocido gracias a los anuncios que insertaba en los periódicos de mayor tirada. Una vez conseguidos sus propósitos las asesinaba y en una estufa incineraba los cuerpos descuartizados. Estafador de poca monta pero padre modélico, comenzó su andadura profesional para poder mejorar la calidad de vida de su mujer e hijos.
Señor serio desea contraer matrimonio con viuda o mujer incomprendida de entre 35-45 años de edad». Tras este inocente anuncio por palabras insertado en algunos periódicos parisinos de 1914, se escondían las garras de la muerte. Henry Désiré, el autor, que más tarde firmaría bajo el nombre de Landrú, recibió numerosas respuestas de damas solitarias. Y es que la Primera Guerra Mundial, que acababa de dar comienzo, estaba produciendo numerosas bajas en el frente de batalla aumentando constantemente el número de viudas y de mujeres apartadas, aunque fuera temporalmente, de sus maridos.
¿Era Henry un corazón solitario? Hombre metódico y ordenado, clasificó las contestaciones con mucho esmero abriendo fichas a cada una de ellas. En un montón se encontraban las que podían coincidir con sus pretensiones y a esas les enviaba una respuesta a fin de recabar más información. Pero otras que llevaban la anotación S.F. (sin fortuna), eran descartadas de inmediato y arrojadas a la papelera. Concertaba una cita con las seleccionadas y, atento y encantador, se ganaba su confianza. Y así, una tras otra y hasta una cifra que la Policía calculó en casi trescientas pero que seguramente no pasaron de sesenta o setenta, fue seduciendo a decenas de mujeres que tenían en común ser viudas... y ricas. Y si además carecían de parientes cercanos, el asunto pintaba mejor aún.
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